Cereales. Cuento por Adán Salgado

   

Ilustración por Viridiana Pichardo Jiménez

 

       CEREALES

Por Adán Salgado Andrade

I

Todo se movió.

Repentinamente, una luz superior, iluminó el interior y, ella, se despertó...

Se vio desnuda, confundida, apretujada entre otros cuerpos femeninos, también desnudos, como el suyo, y rostros igualmente desconcertados, de entre los que destacaban sorprendidos ojos, los cuales, denotaban miedo, angustia y, sobre todo, terror, más, cuando fueron sintiendo moverse, completamente, el “espacio” en donde se hallaban...

En cierto momento, el arriba, se volteó hacia abajo y experimentó, ¡horrorizada!, cómo ella, junto con otras decenas de apiñadas mujeres, con desesperada gritería, comenzaban a deslizarse sobre una de las paredes del “espacio” y a caer por el fondo...

 

II

 

¿Cómo era que él se hallaba allí?...

No, no lo sabía, pero tenía la certeza de existir, de ser...

Y, justamente, se despertó, cuando un pie, de recortadas uñas, perfecto, le golpeó levemente la nariz y, al tener conciencia, percibió el sofocante apretujamiento, la imposibilidad de movimiento alguno, entre aquella masa de hombres desnudos, igual que él, agrupados en ese “espacio”, todos desconociendo, se imaginó, con qué finalidad...

Y cuando de arriba, una fuerte luz, iluminó todo el interior, pudo percibir, aún entre el hacinamiento, confundidos rostros, de los cuales, anhelantes, sorprendidos ojos, lo miraban a él, a los otros, y arriba

Luego, sintió un sobresalto, cuando notó el brusco movimiento, que invirtió el arriba, llevándolo hacia abajo, después del cual, en agitada caída hacia el vacío, deslizáronse todos, acompañados de desgañitados gritos, por una de las paredes del “espacio”, convertida, ya, en empinada pendiente…

 

III

 

La vaca parecía muy desconcertada, más, entre tantos otros animales: chivos, marranos, borregos, perros, burros, caballos… sobre todo, estando tan apretujada, debiendo soportar las pezuñas, patas, colas, ancas, orejas… y otras partes corporales de aquéllos…

De repente, percibió cómo comenzó a iluminarse todo el “espacio” en donde estaba, después de lo cual, el instinto de conservación le provocó un bestial miedo, cuando sintió que dicho “espacio” empezó a moverse y todos los animales se fueron deslizando hacia una de las paredes, para luego, caer estrepitosamente hacia abajo…

Los terribles mugidos que la vaca dio, quedaron opacados, entre el estruendo que los ruidos respectivos, de los demás mamíferos, prorrumpieron…

 

IV

 

Meludivitus bostezó perezosamente.

Su cuerpo escamoso, reptilesco, se sacudió.

¡Cómo le costaba comenzar la semana!… sobre todo, porque, siempre, se desvelaba los domingos tarateletransportándose con su tarateletransprograma favorito “Explorando las galaxias y los agujeros negros con Payavitus Pendejitus”…

Sí, se divertía mucho con esa serie, en la cual, el anfitrión, los ”llevaba de la mano” a todo lo ancho y largo, del infinito espacio exterior que, Meludivitus, ni pensar en que pudiera visitar algún día, pues eso era “recaro, nomás para ricos”…

No, los jodidos obrerófagos como él, con proletarófaga familia, ¡qué iban a estar yendo a lugares tan distantes!… ni modo, no quedaba más que tarateletransportarse, desde la “comodidad de su hogar”, hasta allá… pero, no perdía las esperanzas, de algún día, “si el Querantolóculus mayor lo quiere”, ir con su familia, de “paseíto”, a tantos paradisiacos hoyos negros, soleadas nebulosas, fantásticas galaxias, y muchos otros lugares tan “chingorófagos” qué visitar…

-¡Ya, Meludivitus, ‘púrate a antropofayunar, que se t’está haciendo retarde! – lo sacó de sus reflexiones Quianolina, su mujer, quien, muy diligente, servía la mesa para que ella, Meludivitus y el pequeño Engendróculus, su único hijo – “Pus mejor tener los que puédamos mantener” –, antropofayunaran.

Meludivitus, tomó, con desgano, la acostumbrada caja de “Antropoflakes”. Aburrido, estaba ya, de comer siempre el mismo, insípido cereal, sabor “natural”, al que había que agregarle mierdahiel, para que no supiera tan “gacho”, pero, pues, ni modo, era para lo que su jodido minisalario alcanzaba. Vació algo en un teraplato – “Poquito, pa’ que alcance pa’ más veces”–, tomó el envase de meteorleche “Galalaxia”, y se dispuso a “saborear” su cereal “Cien por ciento natural, sin conservadores”, como se leía en la publicidad de la caja…

 

V

 

Quianolina estaba algo preocupada, la temblorina de sus pegajosas, nudosas protuberancias lo evidenciaba …

Cada vez se las veía más difícil para antropoalimentar a su esposo y a su hijo, pues, con el minisalario de Meludivitus, apenas si alcanzaba para medio hacerlo.

Muchas veces, le había propuesto a él, buscarse ella un trabajo, pero Meludivitus era “bien necio”, y siempre se lo negaba. “Pus mira, Quianolina, no tendremos pa’ lujos, pero pa’ antropotragar, no nos ha de faltar”, protestaba aquél, y ni quién lo “sacara de su macho”…

-¡Ya m’aburrió este pinche cereal! – protestó Meludivitus.

-¡Pus ni modo, ‘hora te lo antropocomes… eso te pasa por no dejarme trabajar, Melu! – le reclamó Quianolina, sin más. “¡Y si no quiere, pus que no se lo antropotrague!”, pensó, para sus adentros, con coraje.

-¡Engendróculus, ya vente, m’hijo, no vayas a llegar tarde otra vez a l’escuela! – gritó la resignada esposa y madre, mientras ella misma, tomaba la caja de su cereal –“Pus tampoco me gusta, pero no alcanza pa’ más”–, vaciaba algo en un teraplato, agregaba meteorleche, mierdahiel –“pa’ darle saborcito”–, luego de lo cual, se dispuso a antropofayunar…

A su hijo, ya le había preparado su cereal.

Engendróculus, entraba en ese momento a la nebulocina, agitando cola y tentáculos.

-Ándale, m’hijo, antropocómete tu cereal – dijo Quianolina, con desgano, sabedora de las protestas que siempre, indudablemente, emitía Engendróculus.

-¡Ay, ma’… guacalas… no me gusta ese cereal… habías de comprar el nuevo, que anuncian en la tarateletransportadora, ma’, que tiene antropocaquitas y muchas antropomierditas… se ve q’está resabroso, ma’…

-¡Ya, ya, antropocome, que no hay pa’ más, Engendróculus – exclamó Quianolina, desesperada –… que no ves que tu pa’ no quiere que trabaje… pero eso sí, qué tal me la paso aquí de sirvienta, protolavando, protococinando y protobarriendo… par’eso, sí, soy buena, pero no pa’ trabajar…!

Con mucho coraje, hundió Quianolina su cuantucuchara, en su teraplato y, enojadamente resignada, se dispuso a antropofayunar…

Ni Meludivitus, ni Engendróculus, chistaron nada, pues sabían cómo se enojaba Quianolina, y las corrosivas emanaciones que exhalaba, cuando se ponía “asteroinótica”…

Cada quien, como ella, hundieron sus respectivas cuantucucharas en sus teraplatos

La de Meludivitus, salió con meteorleche y “Hombrecitos”, que era “¡El cereal favorito para papá!”, como se leía en el envase…

Ya ni atención ponía a los “hombrecitos”, quienes gritaban, tratando de salvarse de morir ahogados entre la meteorleche… los que aún estaban vivos. Y los que se salvaban de ahogarse, de todos modos, eran tragados desganadamente por el astrohocico de Meludivitus y desechos por sus cuantuncolmillos. Y si al principio, cuando comenzó a comprar ese cereal “baratito” –“Pus es qu’es marca libre”–, disfrutaba de los “crujientes hombrecitos”, con el tiempo, sólo lo hacía porque “pus debo de antropotragar, pa’ tener fuerzas pa’ la chamba de cuasarbasurero”…

Sin gran entusiasmo, Meludivitus continuó con su acción de antropofayunarse los “Hombrecitos”…

Quianolina, cuantucuchareaba sus “Mujercitas”, también, sin mucho entusiasmo. Hubiera deseado antropofayunar “Chocomujercitas”, “Zucarmujercitas”, “Branmujercitas”, “Pasasmujercitas”… tantos cereales, tan ricos, que había, no esa “pinche porquería de marca libre”, pero su maridito, no la dejaba trabajar. Si ella, antes, lo hacía, de secretófaga, que era lo que sus padres, “que el Querantolóculus mayor los tenga en la astrogloria”, con muchos sacrificios, le habían costeado, pero desde que se casó, eso se había terminado. “No, Quianolina, pus a’i humildemente, con mi sueldito, d’antropohambre, no nos hemos de morir, mujer”, le dijo Meludivitus desde el día en que la hizo su esposa, y se la llevó a vivir a esa putriinfravecindad …

Otra cuantucuchareada de “Mujercitas”, gritando y moviéndose desesperadamente, fue a dar a su astrohocico, luego de lo cual, las hizo “crujir sabrosamente”, como podía leerse en el paquete, que las “¡Mujercitas truenan de gusto!”…

Vacas, toros, chivos, caballos, borregos… todos fueron a dar al astrohocico de Engendróculus, quien sólo comía sus “Animalitos”, por no seguir contrariando a su madre. Era cuando el chamaco se molestaba con su padre, pues por su testarudez, a él, no le quedaba, más que tragarse ese cereal “tan feo y desabrido”. Desde la primera vez que Meludivitus lo llevó, aquél, le hizo “el feo”. “¡Ay, pa’, ese no es el que anuncian… es un fusile!”, le reclamó. “No, m’hijo, si este está mejor, es natural, bien güeno, sin porquerías de conservadores y todas esas cochinadas… ándale, cómetelo, Engen…”, le recomendó su padre.

No, a Engendróculus le hubiera gustado probar los “Chocochipanimalitos”, el nuevo cereal “de moda” que anunciaban y que, decía la publicidad, “¡Está requetesabroso, chavos, pídanselo a sus papis!”…

Ni modo, tenía que conformarse. Ya sería grande él, algún día, y se compraría los cereales que más le gustaran…

Otros “Animalitos”, tronaron entre sus cuantuncolmillos…

 

VI

 

El golpe ocasionado por la tremenda caída, fue amortiguado, gracias a que otras, cayeron antes que ella…

Los gritos, aminoraron, pues muchas o murieron o quedaron inconscientes, debido a los brutales impactos…

Por un momento, ella pensó que allí acababa todo, pero no fue así. Un viscoso líquido hediondo, purulentoso, comenzó a invadirlo todo. Y una nueva, desesperada lucha, por no morir ahogadas, siguió…

Repentinamente, un extraño, enorme, objeto curveado, se acercó a donde ella se encontraba. Aquél, se hundió entre el líquido viscoso, recogiéndola a ella y a muchas otras, junto con una gran cantidad de repugnante líquido, luego de lo cual, el objeto se elevó, muy alto, hasta donde se hallaba una negra, espantosa, corrosiva oquedad…

 

VII

 

Él, miró con horror, cómo una espantosa negrura, se abría, y el extraño objeto curveado, que poco antes, los había atrapado a él y a varios hombres, y levantado violentamente, junto con la repulsiva, líquida, viscosidad, se dirigía allí, se inclinaba, y los aventaba, de una sola vez, hacia el putrefacto, corrosivo interior…

Los pocos que aún seguían vivos o conscientes, continuaban gritando, pero muy poco, pues pronto una tremenda, masiva, mortal presión, comenzó a aplastarlos a todos…

 

VIII

 

La vaca mugía y mugía, espantada, de estar flotando entre ese viscoso, maloliente líquido, en medio de esa horrible negrura…

Dejó de hacerlo cuando una brutal, tremenda presión, la reventó completamente y la mezcló, con los cuerpos también reventados, desechos, de otros animales y el hediondo líquido …

 

IX

 

Cuando hacía miles de años, los Querantolóculus invadieron y conquistaron la Tierra, se adaptaron casi a todo. Incluso, cultivaron a los humanos y a sus animales, a quienes, desde entonces, consideraron excelentes protoleguminosas, que no podían faltar, en su diaria dieta…

 

FIN

 

 

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